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Viernes, 07 de Mayo de 2004 07:00

EL EFECTO DEL TIEMPO HABITUAL DE SUEÑO SOBRE EL ESTAD DE ÁNIMO

Gualberto Buela-Casal
Presidente de Asociación Española de Psicología Conductual

 

Cada vez son más numerosas las áreas desde las que pueden establecerse interesantes conexiones entre el sueño y diferentes aspectos de la salud. En fechas recientes se ha sugerido que dormir menos tiempo y también, paradójicamente, más tiempo del asociado al denominado patrón de sueño intermedio tiene consecuencias adversas para la salud a distintos niveles (para una revisión, véase Miró, Iáñez y Cano-Lozano, 2002). Los sujetos con patrón de sueño corto son aquellos que duermen diariamente seis horas o menos al día, los sujetos con patrón de sueño intermedio los que duermen generalmente de siete a ocho horas, y aquellos con patrón de sueño largo los que duermen nueve o más horas. La razón de tales variaciones individuales en la duración del sueño es desconocida y no ha dejado de debatirse si realmente siete u ocho horas de sueño son ideales para el bienestar físico y mental o, por el contrario, cada persona debe satisfacer su "cuota de sueño individual" (Hartmann, 1973), e incluso si el sueño puede reducirse permanentemente a cinco o seis horas sin consecuencias negativas para el funcionamiento físico o psicosocial (Harrison y Home, 1995; Home, 1992).


En el estudio pionero de Kripke, Simons, Garfinkel y Hammond (1979), recién reevaluado por Kripke, Garfinkel, Wingard, Klauber y Marter (2002), se informaba acerca de una encuesta efectuada por la Sociedad Americana de Oncología a más de un millón de personas de todas las edades por encima de los 30 años. El objetivo del estudio era la identificación de factores de riesgo de cáncer, aunque se preguntaba por los hábitos de sueño. Por casualidad se evidenció una relación sorprendente: a los seis años se averiguó cuántos de los interrogados habían muerto, y tras controlar la posible influencia de factores mediadores como la dieta, el ejercicio, la toma de medicación, la inexistencia de problemas de sueño y otros, se observó que elmínimo de mortalidad ocurrió en los que dormían habitualmente entre siete y ocho horas, aumentando por encima y, sobre todo, por debajo de esa cifra (por ejemplo, fue más del doble en los que dormían cuatro horas o menos). Diversas investigaciones actuales indican igualmente que los sujetos con patrón de sueño intermedio obtienen las mejores puntuaciones de salud física o psicológica; hay entre ellos menos depresión, ansiedad o abuso de sustancias (Breslau, Roth, Rosenthal y Andreski, 1997; Liu y Zhou, 2002; Wetzler y Ursano, 1988) y menos riesgos relativos de mortalidad (Kojima, Wakai, Kawamura y cols., 2000). Por ejemplo, la desviación del patrón de sueño intermedio se asociaba a un mayor riesgo de desarrollar diabetes en un estudio longitudinal de diez años (Ayas, White, Al-Delaimy y cols., 2003) o de sufrir eventos coronarios (Ayas, White, Manson y cols., 2003). Además, las quejas de somnolencia suelen manifestarse con mayor frecuencia tanto en los patrones de sueño cortos como en los largos, lo que se ha asociado a bajo status funcional, peor salud global, pobre calidad de vida, tasa de accidentabilidad aumentada, mayor riesgo de consumir café, alcohol o drogas (Bliwise, King y Harris, 1994; Newman, Spiekerman, Enright y cols., 2000; Ohayon, Caulet, Philip, Guilleniinault y Priest, 1997) y bajo rendimiento académico en adolescentes (Reid, Maldonado y Baker, 2002).


Aunque los mecanismos que median esta serie de relaciones no están totalmente esclarecidos, suele asumirse que los sujetos con patrón de sueño corto podrían estar crónicamente privados de sueño. Son muchos los autores que alertan acerca de las consecuencias de la restricción crónica que voluntariamente se imponen a la duración de sueño debido al actual estilo de vida (Bonnet y Arand, 1995; Breslau y cols., 1997; Hicks, 1983; Reid y cols., 2002); por ejemplo, algunos estudios que comparan la duración habitual del sueño de los jóvenes de 1963 con los de 1910-1911 (Carskadon, 1993), y de 1974 hasta la actualidad (Iglowstein, Jenni, Molinari y Largo, 2003) encuentran una reducción del tiempo total de sueño de aproximadamente una hora y media. Los efectos negativos sobre una amplia gama de medidas fisiológicas, cognitivas, conductuales y emocionales de la restricción parcial del sueño -por ejemplo, dormir de cuatro a seis horas varios días o semanas (Belenky, Wesensten, Thome y cols., 2003; Dinges, Pack, Williams y cols., 1997)- y de la privación total del sueño en una o más noches (Miró, Cano y Buela-Casal, 2002; Pilcher y Huffcutt, 1996) se han documentado ampliamente. Splegel, Leproult y Van Cauter (1999) demostraron con adultos jóvenes que dormir cuatro horas durante seis días consecutivos tenía un impacto negativo en el metabolismo de los carbohidratos y en la función endocrina, que son partes fundamentales del proceso normal de envejecimiento, por lo que si persistiera en el organismo el hábito de acortar el sueño, podría incrementarse la gravedad de los desórdenes crónicos asociados a la edad, como la obesidad, la diabetes o la hipertensión. En cambio, no se dispone de una explicación obvia acerca de por qué las personas con un patrón de sueño largo experimentan también consecuencias adversas sobre su salud. La mayoría de los estudios que hay sobre patrones de sueño se han centrado en el parámetro de cantidad o duración del sueño, pero no han evaluado simultáneamente otros aspectos de éste que pudieran ser relevantes. Sin embargo, la pertenencia a un patrón de suelo corto o largo y el tener un sueño de mala calidad se han asociado al padecimiento de efectos adversos sobre la salud (Oullet, 1995). Autores como Mahon (1995) sugieren que las relaciones entre cantidad de sueño y salud son más débiles que entre los índices de calidad de sueño y salud. Este autor examinó en 330 adolescentes la relación entre diversas dimensiones de calidad y cantidad de sueño y el status de salud percibido. Las dimensiones de sueño, evaluadas mediante la Verran-Snyder-Halpem (VSH) Sleep Scale, eran el grado de alteración del sueño (despertares durante la noche, movimientos durante el sueño, etc.), el nivel de efectividad del sueño (tiempo de sueño total, suficiencia percibido del sueño, etc.) y la costumbre o no de siestas. En los adolescentes de quince a diecisiete años la alteración de sueño se relacionó inversamente con la salud, y el dormir unas ocho o nueve horas también se asoció a una mejor salud pero menor potencia; no obstante, no se estableció una distinción de la calidad de sueño en función de los patrones de sueño. Igualmente, Pilcher y Huffcut (1997) analizaron la relación entre calidad y cantidad de sueño y salud autoinformada, observando que la existencia de quejas sobre el estado físico y el bienestar psicológico (presencia de tensión, depresión, ira, fatiga y confusión) se relacionaban más con parámetros de calidad que de cantidad de sueño. Kojima y cols. (2000) estudiaron la relación entre duración del sueño, calidad subjetiva del sueño y mortalidad en un estudio de seguimiento de 11.9 años con 5,322 personas de 20 a 67 años. Encontraron que 1a desviación del patrón de sueño intermedio (dormir más o menos de siete u ocho horas) y el tener una pobre calidad de sueño (la presencia de dificultades para conciliar el sueño o el no experimentar sentimientos de descanso al despertarse, por ejemplo) se asociaban con un riesgo aumentado de mortalidad, independientemente de la duración del sueño. Aun así, tampoco en estas investigaciones se analizó sistemáticamente si el patrón de sueño influía en la calidad de éste. Existe, no obstante, alguna evidencia de que los sujetos con patrón de sueño largo muestran en el polisomnógrafo mayores cantidades de fases 1, 2 y MOR (movimientos oculares rápidos) y menos cantidad de fases 3 y 4 de SOL (sueño de onda lenta) que los restantes patrones de sueño (Aeschbach Cajochen, Landolt y Borbely, 1996; Benoit, Foret y Bouard, 1983). Por ejemplo, en el estudio de Benoit y cols. (1983) las proporciones de SOL en individuos con patrón de sueño corto, intermedio y largo fueron de 143.2, 143.8 y 118.8 minutos, respectivamente. En esos dos estudios el sueño de los individuos con patrón de sueño largo era menos profundo debido a los mayores porcentajes de fases 1 y 2 y también menos eficiente, ya que también su latencia de inicio del sueño era superior (Aeschbach y cols., 1996; Benoit y cols., 1983).


El tipo de diferenciación entre cantidad y calidad de sueño es importante si se desea analizar completamente la relación entre sueño y bienestar físico y mental. Así, el presente trabajo examinan si los distintos patrones de suelo (patrón de sueño corto, patrón de sueño intermedio y patrón de sueño largo) influyen en diversos parámetros de calidad de sueño. Como índices de calidad de sueño se emplearon la latencia del sueño (tiempo que transcurre desde que la persona se acuesta hasta el inicio del sueño), el número de despertares nocturnos y su duración, la frecuencia de siestas y la duración de las mismas.

Última actualización el Lunes, 12 de Noviembre de 2007 10:32
 
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